El último término, lo que
el empresario espera de sus consultores, es la reducción
del marco de incertidumbre que envuelve sus decisiones.
Desde nuestra perspectiva de expertos en algunas disciplinas
de gestión, le tenemos que poder aportar una ayuda
válida. Pero, ¿cómo lo hacemos? ¿El
tipo de luz que le damos es la que sirve para lo que la
empresa necesita o, simplemente, la que sabemos generar
sin mucho esfuerzo?
Demasiado a menudo damos un farol a quien, en realidad,
lo que necesita es una linterna y nuestro soporte para orientarla
hacia los temas importantes. Mientras que el farol ilumina
de forma general e indiscriminada, la linterna permite enfocar
toda la potencia lumínica hacia el punto que más
interesa.
Corremos el riesgo de prestar un mal servicio por no hacer
el esfuerzo de adaptarnos a las características de
cada caso, a los temas que interesan de verdad a cada empresa.
Somos nosotros quienes tenemos que adaptar nuestros remedios
a las necesidades de la empresa cliente, en lugar de adaptar
sus problemas a nuestras soluciones.
La aportación de mérito está en distinguir
entre situaciones que se parecen pero que no son la misma
y, por lo tanto, requieren tratamientos diferentes. En muchas
ocasiones el profesional hace todo lo contrario e intenta
aplicar soluciones archivadas, fruto de experiencias anteriores,
que él se esfuerza en considerar similares.
La mejora comienza, como siempre, escuchando con inteligencia.
Con cierta frecuencia, es el propio cliente quien, más
sensible al tratamiento que al diagnóstico, nos condiciona
a actuar en contra de la lógica y del método.
¿Cuántas veces un cliente nos ha mirado con
sorpresa cuando hemos iniciado la conversación procurando
captar la estrategia global del negocio, aunque su encargo
fuese de otra naturaleza?
¿Quién realiza el diagnóstico?
De nuevo, la metáfora médica aplicada a nuestro
mundo de consultores nos es útil. Y, en medicina,
el que diagnostica es el médico, no el paciente.
El empresario sabe que no va como él quisiera, conoce
los síntomas, pero no tiene por qué saber
las causas del problema. Asumir el diagnóstico del
cliente es tan poco recomendable para el consultor como
lo sería para el médico dar validez, sin más,
al diagnóstico del paciente.
En realidad, el valor aportado por el consultor al cliente
radica más en el diagnóstico que en el tratamiento.
Para realizar diagnósticos se requiere criterio,
el poso de la experiencia. Para prescribir y seguir el tratamiento
correcto la técnica puede ser suficiente. El consultor
junior puede aportarla, pero la confianza en el diagnóstico
requiere las intervenciones de un profesional más
veterano.
¿Somos teóricos?
Todos los consultores hemos recibido la crítica de
ser teóricos. En las firmas de servicios profesionales
circulan chistes con el tópico del consultor, siempre
volando en globo o en helicóptero, incapaz de "tocar
con los pies en el suelo".
Pero resulta que son precisamente esquemas teóricos
los que el cliente busca del consultor.
Ante el reto que supone cada encargo, el profesional competente
tiene estructuras mentales consistentes, a las cuales no
ha de renunciar nunca. Cuando el consultor deja de utilizar
sus esquemas conceptuales se queda sin la herramienta principal.
¿Somos
usurpadores de ideas?
También puede parecer que el consultor vive de las
ideas de los grandes innovadores, autores de artículos
primero y libros posteriormente, que realizan aportaciones
verdaderamente excepcionales al progreso de la tecnología
de la gestión de empresas.
Esto no es cierto. En todos los campos del conocimiento,
para que un descubrimiento sea realmente útil se
tiene que haber desarrollado. Afirmar lo contrario sería
como decir que todas las ventajas de los innumerables aparatos
consumidores de electricidad se los debemos exclusivamente
a Edison, sin considerar las contribuciones de tantos y
tantos ingenieros que han creado instrumentos de una utilidad
social indiscutible.
Lluís Verbon